¡Te odio!
Se oye el portazo. Sí, lloro y
grito bajo una montaña de almohadas. Te odio, te odio y te odio pero ya no
recuerdo el porqué. Me has hecho tanto daño que no necesito un motivo lógico
para odiarte. Esa promesa incumplida, mi corazón que tantas veces has quebrado.
Es tu culpa. Te odio, estúpido, cabezón, idiota y malnacido. Te odio, ¿es que
no lo entiendes? Te odio por ese día que decidiste no coger mi mano para
enseñarme que a veces hay que levantarse sola. Te odio por todas esas críticas
que no cesas de repetirme. “No es suficiente.” “Puedes hacerlo mejor.” A mí
también me cuesta. ¡Todavía estoy aprendiendo! “Vuelve a empezar, puedes hacer
más.” Te odio por arrebatarme mi libertad. Yo soy la mujer del corazón helado
pero tú consigues derretirme. Te odio por necesitar tu mirada sobre la mía para
poder seguir adelante. Te odio por tantas cosas, papá, que no sé ni por dónde
comenzar. Te odio pero todavía te odio con más fuerza cuando no me crees.
No, no lo daría todo por ti. No,
no soy tu princesa ni jamás lo fui. No, no me siento segura en tus brazos. No,
tu olor no me recuerda a esas largas tardes de verano vividas en el pueblo. No,
no eres el hombre más importante de mi vida. No, no te estoy mintiendo.
Aléjate de la puerta y no entres
en mi habitación. Ni me abraces ni me beses porque entonces, en medio de las
lágrimas, un te quiero furtivo se escapará y un lo siento sincero oirás.
(Sant Jordi 2014)
No hay comentarios:
Publicar un comentario