Todavía
no se lo creía. No era capaz de creer lo que hace apenas unas horas había
pasado. Jack se le había acercado mientras ella se quitaba el maquillaje para
largarse a casa. Se le acercó para felicitarla por el buen trabajo que había
hecho. Las palabras seguían clavadas en su mente: “Buen trabajo. He hablado con
el jefe y puedes volver mañana. Ya tienes trabajo, cariño.”
Un
trabajo, eso era lo único que quería desde el momento en el que se vio en la
calle. Sin un hogar al que volver y sin el coraje de pedir ayuda a un amigo.
Estaba sola contra el mundo porque resulta que el hecho de tener un bebé con
dieciocho años es mucho peor de lo que se pueda llegar a imaginar.
“Ya
tienes trabajo, cariño.”
Un
trabajo, eso era lo que le había ofrecido Jack, uno de los vecinos del motel de
mala muerte al que se había trasladado con su nueva familia, con su bebé. Sin
señales del padre de la criatura, sin señales de un posible retorno a casa, sin
señales de una oportunidad de poder pagar esa raquítica habitación, Jack
apareció, le ofreció un trabajo y con él, una oportunidad de empezar de cero.
Dinero para pagar esa habitación que tanto odiaba, dinero para cuidar de su
bebé, dinero para sobrevivir fuera como fuese.
“Ya
tienes trabajo, cariño.”
Y
ahora, tumbada en una cama mohosa, las lágrimas le recorrían el rostro al
recordar lo que había pasado hace apenas una horas. Su trabajo, si es que se
podía considerar trabajo, le había arrebatado lo único que conservaba: su
dignidad. Desnudarse ante unos depredadores que la miraban como si solo fuera
un objeto era lo que le permitía sobrevivir. Odiarse a sí misma, esa era su
nueva rutina.
Ya
no importaba su pasado. Esa beca había sido cancelada en el momento en el que
ese bebé salió de su vientre. Ni que
hubiera dado a luz a un monstruo. El trabajo realizado durante dieciocho
años no servía de nada por un estúpido error cometido hace nueve meses. Hubiera
resultado tan fácil solucionarlo todo. Tan solo tenía que deshacerse del bebé y
seguir con su vida como si nada hubiese ocurrido. Pero no pudo. Cuando, después
de nueve horas de sufrimiento, le entregaron a la pequeña, fue incapaz de
abandonarla. Ese rostro de porcelana, esa respiración pausada y tranquila, como
si estando en sus brazos se sintiera segura, esa diminuta mano que aferró su
meñique y no lo soltó. Esa niña que parecía necesitarla, que parecía amarla
aunque no se conocieran de nada, la había conquistado. Esa niña que descansaba
a su derecha, rodeada de cojines, ya que no tenía una cuna donde dejarla
descansar, iba a tener una vida muy difícil por su culpa. Y es que, por mucho
que le costara asimilar lo que había pasado hace apenas unas horas, por poco
que le gustara desnudarse ante esos asquerosos, por mucho que le doliera no
tener una casa a la que volver, ahora solo podía pensar en el futuro de su
pequeña. Su bebé no tenía la culpa de que ella se prostituyera, no tenía la
culpa de que su familia la hubiera echado a la calle al salir del hospital,
pero sobre todo, no tenía la culpa de que esta vida fuera un inmenso desastre.
Su bebé merecía amor, merecía una oportunidad porque lo único que había hecho
era empezar su vida.
“Ya
tienes trabajo, cariño.”
Y
las lágrimas volvieron a acariciar su rostro. ¿Por qué tenía que ser tan
difícil? En principio, los que te quieren lo hacen para toda la vida y en
cualquier circunstancia. Se permiten los errores, las equivocaciones y los
fallos porque ellos están ahí para ayudarte, apoyarte y cuidarte siempre. Ellos
te acompañan desde el principio hasta el final aunque en el recorrido tú
quieras separarte en algún momento. Da igual, no lo haces porque es
transitorio, en el fondo siempre los has querido y lo saben y no te abandonan.
No hay que ser perfectos, no hay obligación, te aman por lo que eres, no por lo
que quieren que seas.
“Ya
tienes trabajo, cariño.”
Toda
esa mierda es mentira, siempre lo ha sido y ahora ella lo sabe. Pero no tiene
por qué ser así. Ahora, mirando a su bebé, lo entiende. No es perfecta, es muy
posible que la pequeña lo pase tremendamente mal a lo largo de su trayecto
pero, a pesar de todo, ella sí que estará hasta el final. Algún día, la pequeña
tendrá consciencia y la odiará (aunque sea un poquito) por todo lo que habrán
vivido pero pronto la perdonará porque lo habrán vivido juntas. Su bebé no es
como los demás. Su bebé es la luz que se asoma detrás de las nubes en un día de
lluvia. Su bebé acaba de abrir los ojos y la mira expectante. Su bebé con esos
ojos enormemente preciosos le dice que las lágrimas que caen de sus ojos no son
sinónimo de derrota. Su bebé la busca y le aferra por segunda vez el dedo
meñique. Esperanza, eso es lo que le transmite su bebé.
Esperanza,
ese el nombre de su bebé.

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