lunes, 19 de mayo de 2014

Esperanza

Todavía no se lo creía. No era capaz de creer lo que hace apenas unas horas había pasado. Jack se le había acercado mientras ella se quitaba el maquillaje para largarse a casa. Se le acercó para felicitarla por el buen trabajo que había hecho. Las palabras seguían clavadas en su mente: “Buen trabajo. He hablado con el jefe y puedes volver mañana. Ya tienes trabajo, cariño.”
Un trabajo, eso era lo único que quería desde el momento en el que se vio en la calle. Sin un hogar al que volver y sin el coraje de pedir ayuda a un amigo. Estaba sola contra el mundo porque resulta que el hecho de tener un bebé con dieciocho años es mucho peor de lo que se pueda llegar a imaginar.

“Ya tienes trabajo, cariño.”

Un trabajo, eso era lo que le había ofrecido Jack, uno de los vecinos del motel de mala muerte al que se había trasladado con su nueva familia, con su bebé. Sin señales del padre de la criatura, sin señales de un posible retorno a casa, sin señales de una oportunidad de poder pagar esa raquítica habitación, Jack apareció, le ofreció un trabajo y con él, una oportunidad de empezar de cero. Dinero para pagar esa habitación que tanto odiaba, dinero para cuidar de su bebé, dinero para sobrevivir fuera como fuese.

“Ya tienes trabajo, cariño.”

Y ahora, tumbada en una cama mohosa, las lágrimas le recorrían el rostro al recordar lo que había pasado hace apenas una horas. Su trabajo, si es que se podía considerar trabajo, le había arrebatado lo único que conservaba: su dignidad. Desnudarse ante unos depredadores que la miraban como si solo fuera un objeto era lo que le permitía sobrevivir. Odiarse a sí misma, esa era su nueva rutina.


Ya no importaba su pasado. Esa beca había sido cancelada en el momento en el que ese bebé salió de su vientre. Ni que hubiera dado a luz a un monstruo. El trabajo realizado durante dieciocho años no servía de nada por un estúpido error cometido hace nueve meses. Hubiera resultado tan fácil solucionarlo todo. Tan solo tenía que deshacerse del bebé y seguir con su vida como si nada hubiese ocurrido. Pero no pudo. Cuando, después de nueve horas de sufrimiento, le entregaron a la pequeña, fue incapaz de abandonarla. Ese rostro de porcelana, esa respiración pausada y tranquila, como si estando en sus brazos se sintiera segura, esa diminuta mano que aferró su meñique y no lo soltó. Esa niña que parecía necesitarla, que parecía amarla aunque no se conocieran de nada, la había conquistado. Esa niña que descansaba a su derecha, rodeada de cojines, ya que no tenía una cuna donde dejarla descansar, iba a tener una vida muy difícil por su culpa. Y es que, por mucho que le costara asimilar lo que había pasado hace apenas unas horas, por poco que le gustara desnudarse ante esos asquerosos, por mucho que le doliera no tener una casa a la que volver, ahora solo podía pensar en el futuro de su pequeña. Su bebé no tenía la culpa de que ella se prostituyera, no tenía la culpa de que su familia la hubiera echado a la calle al salir del hospital, pero sobre todo, no tenía la culpa de que esta vida fuera un inmenso desastre. Su bebé merecía amor, merecía una oportunidad porque lo único que había hecho era empezar su vida.

“Ya tienes trabajo, cariño.”

Y las lágrimas volvieron a acariciar su rostro. ¿Por qué tenía que ser tan difícil? En principio, los que te quieren lo hacen para toda la vida y en cualquier circunstancia. Se permiten los errores, las equivocaciones y los fallos porque ellos están ahí para ayudarte, apoyarte y cuidarte siempre. Ellos te acompañan desde el principio hasta el final aunque en el recorrido tú quieras separarte en algún momento. Da igual, no lo haces porque es transitorio, en el fondo siempre los has querido y lo saben y no te abandonan. No hay que ser perfectos, no hay obligación, te aman por lo que eres, no por lo que quieren que seas.

“Ya tienes trabajo, cariño.”

Toda esa mierda es mentira, siempre lo ha sido y ahora ella lo sabe. Pero no tiene por qué ser así. Ahora, mirando a su bebé, lo entiende. No es perfecta, es muy posible que la pequeña lo pase tremendamente mal a lo largo de su trayecto pero, a pesar de todo, ella sí que estará hasta el final. Algún día, la pequeña tendrá consciencia y la odiará (aunque sea un poquito) por todo lo que habrán vivido pero pronto la perdonará porque lo habrán vivido juntas. Su bebé no es como los demás. Su bebé es la luz que se asoma detrás de las nubes en un día de lluvia. Su bebé acaba de abrir los ojos y la mira expectante. Su bebé con esos ojos enormemente preciosos le dice que las lágrimas que caen de sus ojos no son sinónimo de derrota. Su bebé la busca y le aferra por segunda vez el dedo meñique. Esperanza, eso es lo que le transmite su bebé.

Esperanza, ese el nombre de su bebé.

jueves, 15 de mayo de 2014

Papá

¡Te odio!

Se oye el portazo. Sí, lloro y grito bajo una montaña de almohadas. Te odio, te odio y te odio pero ya no recuerdo el porqué. Me has hecho tanto daño que no necesito un motivo lógico para odiarte. Esa promesa incumplida, mi corazón que tantas veces has quebrado. Es tu culpa. Te odio, estúpido, cabezón, idiota y malnacido. Te odio, ¿es que no lo entiendes? Te odio por ese día que decidiste no coger mi mano para enseñarme que a veces hay que levantarse sola. Te odio por todas esas críticas que no cesas de repetirme. “No es suficiente.” “Puedes hacerlo mejor.” A mí también me cuesta. ¡Todavía estoy aprendiendo! “Vuelve a empezar, puedes hacer más.” Te odio por arrebatarme mi libertad. Yo soy la mujer del corazón helado pero tú consigues derretirme. Te odio por necesitar tu mirada sobre la mía para poder seguir adelante. Te odio por tantas cosas, papá, que no sé ni por dónde comenzar. Te odio pero todavía te odio con más fuerza cuando no me crees.

No, no lo daría todo por ti. No, no soy tu princesa ni jamás lo fui. No, no me siento segura en tus brazos. No, tu olor no me recuerda a esas largas tardes de verano vividas en el pueblo. No, no eres el hombre más importante de mi vida. No, no te estoy mintiendo.

Aléjate de la puerta y no entres en mi habitación. Ni me abraces ni me beses porque entonces, en medio de las lágrimas, un te quiero furtivo se escapará y un lo siento sincero oirás.



(Sant Jordi 2014)