Y, de repente, se quedó sin palabras. Ella que siempre tenía
algo que decir, ella que siempre tenía algo que objetar. Ella que era incapaz
de descansar cinco minutos, de repente, paró.
- Espera.
Él se giró. ¿Qué pasa? Solo estaban caminando. Él tenía una
sorpresa preparada y se moría de ganas por enseñársela. Es verdad, ella odiaba
que la dejaran con la intriga pero es que disfrutaba tanto haciéndola sufrir.
Ese sufrimiento que creaba ella sola en su cabeza queriendo, al mismo tiempo,
saber y sorprenderse. Él se giró y, esta vez, era él el sorprendido.
- ¿Qué pasa?
Ella lo miró a los ojos, parpadeó infinitas veces. Jamás la
había visto así.
- ¿Por qué
me miras así? Me estás preocupando… ¿He hecho algo mal?
Ella suspiró, sonrisa en su cara.
- Acabo de darme cuenta.
- ¿De qué?
- De todo. – se intercambiaron las miradas sin
darse cuenta de cómo el tiempo se escapaba. Ella maravillada, él sorprendido. –
Te seguiría hasta el fin del mundo. ¿Lo sabes, verdad?
- Sí, por supuesto.
- No, no. Necesito que lo entiendas. – ella insiste.-
Te seguiría hasta el fin del mundo.
- Pero eso ya…
- No. – le interrumpe. – Si tú ahora mismo me
dijeras que lo abandonara todo, lo haría. Te seguiría al fin del mundo con los
ojos cerrados y una sonrisa en la cara. – respira hondo, sonrisa en su cara. –
Dios mío, confío en ti.
Él, perplejo, también se quedó sin palabras. ¿Por qué esta
revelación ahora? No eran más que las siete de la mañana de un domingo helado
de noviembre. No era un día especial. Es más, era un día horroroso en el que no
se le había ocurrido otra cosa que despertarse a las cinco de la mañana y
llamarla por teléfono para sacarla de la cama. Ella siempre respondía.
- Sígueme.
Los dos siguieron caminando, calle arriba, calle abajo, en
silencio. Los dos con estúpidas sonrisas en la cara navegaban las calles de su
Barcelona querida. Solo quedaban tres calles más y habrían llegado a su
destino. Cinco pasos de cebra y tres vagabundos más tarde, él se paró.
- Te dije hace mucho tiempo que ibas a ser eterna.
- Lo recuerdo.
- Este es mi momento eterno contigo. Solo necesito
que sonrías.
- Lo estoy haciendo.
- Alza la vista y mira el letrero.
Al fin, esta era su sorpresa y ante esa petición lo único
que pudo hacer fue cerrar los ojos. Él, su nada y su todo. Él, su sol y su
luna. Él y solo él pudo conseguir crear algo eterno entre ambos. Ella alzó la
vista y, efectivamente, una nueva sonrisa se dibujó en su rostro. Solo él podía hacer
algo así.
- You are my sunshine…
- My only sunshine.
Y una lágrima de felicidad recorrió el rostro de ella.