Y saltó.
No saltó por cobardía ni por miedo. Sabía que saltando no solucionaría ningún problema de los que ahora rondaban por su vida. Saltó desesperadamente, sí, pero sin perder ningún momento la razón. Contradictorio... pero así son las personas. Así es la vida. En cierto modo, podría considerarse una decisión completamente madura. No lo hizo por presión de grupo. No dejó que nadie le hiciera sentir, ni por un solo segundo, como alguien que no mereciera la pena. Siempre caminó con la cabeza bien alta y con mucho orgullo. Nunca empequeñeció a sus amigos pero tampoco dejó que lo frenaran. Era consciente de lo que eso conllevaba pero hay momentos en la vida en los que uno debe hacer lo que le dicta el corazón, por mucho que pueda equivocarse.
Y saltó.
Saltó con tantas ganas, con ansia por empezar a vivir. En efecto, saltó porque quería empezar a vivir. Nadie lo entendía. Era absurdo... Era su momento absurdo. Daba igual lo que dijeran, él saltó por un motivo y siempre que él lo tuviera presente, lo demás no importaba.
Y saltó.
Y resultó ser el mejor momento de su vida. Se sintió libre. Por primera vez en cuarenta años, se sintió libre... Saboreó la libertad más pura que se pueda conocer jamás y, a partir de ese momento, se lamentó. Deseó volver atrás. Pausar la película y retroceder, tal y como hacía él cada vez que quería disfrutar, por segunda vez, de una secuencia. Quiso echar marcha atrás para convertirse en cobarde y abandonar al último momento. Pero no pudo.
Y saltó...
Y ahí se quedaron su vida, sus ganas, sus deseos y sus ambiciones. Todo eso lo abandonó después de ese maravilloso salto. Saltó por primera y última vez. Jamás lo volvería a repetir...
Al menos, por un instante, por pequeño que fuese, se sintió el centro de atención. Se sintió importante y poderoso. Sí, poderoso... algo que nunca pensó conocer.
Ya era suficiente, no necesitaba nada más. No se arrepentía de lo sucedido. El había sufrido durante mucho tiempo y ahora les tocaba a los demás. ¡QUE SE JODAN! Sin perdón de la palabra. Que no duerman por la culpabilidad que les reconcome por dentro y que se culpen unos a otros como si importase más el acusado que lo sucedido. Se lo merecen.
Aunque, a pesar de todo, había algo de lo que sí se arrepentía y...
¿Qué más da ahora? Ya es demasiado tarde.

No hay comentarios:
Publicar un comentario